Mostrando entradas con la etiqueta narrativa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta narrativa. Mostrar todas las entradas

miércoles, 7 de abril de 2010

Todos tus cabellos secos

Anoche volví a extrañarte, pero hice una mueca y seguí como si nada, como si no te sintiera siendo un hueco sin fondo en la suela de mi bota, como si no me estuviera pudriendo por no quemar toda mi poesía y aquellos cuentos que sólo escribí para que desayunaras. Anoche volví a arrancarme del olvido las costras verdes del ácido cardiaco que me hace buscarte en otras mujeres.

Pero eso fue anoche. Hoy todos tus cabellos secos que aún se arrastran como polvo por los rincones suicidas de mi casa, se van descuartizando para dejarse barrer cansados por haber estado muertos tanto tiempo en un lugar tan calcinado como éste, del que saben son ajenos y en donde nunca podré escribirles ningún epitafio decente.

viernes, 22 de mayo de 2009

Olor a muerto

Caritina rompió en llanto cuando entró a la cocina y sintió que el mundo otra vez estaba por oler a muerto. Calentó tres cucharadas de agua acanelada y se las untó en los ojos antes de que todo volviera a caer en el mismo espiral decadente en el que tenía décadas reincidiendo hasta el cansancio. Pateó como pudo los trozos de manzana ya café para poder encontrar el cedazo mugriento y secarse los ojos. –Esta pinche agua tenía otra cosa.- dijo tallándose los ojos con los nudillos de los índices. Abrió las puertas de la alacena para buscar alguna servilleta limpia, pero el taladrante rechinido de las bisagras le perforó la poca paciencia que le quedaba y la hizo dar un manotazo ciego sobre la madera hinchada, justo ahí donde cincuenta años atrás hubiera estado desmenuzando pollo o despellejando tomates cocidos junto al molcajete de piedra de su madre. La mano aplastó algo que crujió como cucaracha pero olió como ciruela podrida. Caritina busco de nuevo a tientas el cedazo y se lo pasó por los dedos sin lograr limpiarlos en absoluto. -¿Dónde chingados están las servilletas?- le gritó sin esperanza al remiendo de soledad añeja que le quedaba, al tiempo que las rodillas le temblaban y sus piernas cedían como dos cañas secas que la dejaban caer de sentón en el suelo grasiento. El llanto vino más fuerte y ella se lavó las palmas a medias. Extendió su brazo izquierdo sobre el suelo y comenzó a masticar el primer trozo de fruta que pudieron tocar sus dedos. Pasaron tres horas y vino el silencio. A Caritina jamás le había fallado un solo presentimiento: el mundo otra vez estaba por oler a muerto.

miércoles, 20 de mayo de 2009

Quedaron tan solos

Quedaron tan solos al separarse que volvieron a estar juntos. Él no pudo resistir la soledad de sus manos y su incapacidad de cocinar sólo para uno. A ella le dio un terror inconcebible su insomnio ante el olor de un solo sudor en su almohada, (hasta ese momento jamás notó lo desértica que podía ser su cama sin él ocupando el lado más cómodo.) A los pocos días decidieron por su lado que se necesitaban. Volvieron a dormir y a cenar juntos para usarse como escudo contra esa soledad que se los estaba comiendo vivos. Siguieron atados uno al otro y continuaron llamándole “mi amor” a la costumbre.